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Ska-P: 99%. Radikales sin karisma

septiembre 4, 2013

Llega un momento en la vida de todo adolescente en la que no es que crea tener razón: Es que está convencido de ello. ¿Cómo es posible que alguien no ame la saga Viernes 13, con todos los valores fímicos que tiene (entendiendo “valores fílmicos” como “chiquillas en pelotas y cuchillos ensangrentados”, claro)? ¿Es que acaso algún palurdo se atreve a arremeter contra El Jueves, el humor más sutil e inteligente que uno se puede echar a la boca? ¿Cómo pueden los bocachanclas de mi familia no apreciar esa gloria musical que es El Reno Renardo y su versión de Queen ahí to cachonda? Es más, ¿por qué cuando la pongo, mi tío, el del póster del gay ese, Freddy Plutón o como se llame, está en el suelo, revolcándose de forma espasmódica mientras lanza espumarajos por la boca? Así hemos sido todos. Sí, tú también. Incluso hay alguno que parece no haber dejado esa edad (y que, por lo general, se convierte en tertuliano político o en podcáster, lo que le venga más a mano), convirtiéndose con el tiempo en una de esas personas que hablan consigo mismas por la calle y murmullan continuamente algo sobre la juventud, el creacionismo y las patatas fritas congeladas de Mercadona. ¿Y por qué os cuento esto? Porque es algo que está a punto de ocurrirle al joven Randy, con sus 13 años, el típico niño repipi, tan icónico que podrían anunciarle en una teletienda si no fuera porque se convertiría en uno de los artículos menos comprados de la historia. Sí, incluso menos que esa caña de pescar convertible en nevera tan útil para gente con gustos sexuales muy extraños. La cosa es que mi gusto musical, por aquel entonces, iba entre el terrible pop blandito de Seguridad Social, definido por ellos mismos como “punk skatalítico” (claro, si lo dices tú es muy fácil. Es como si Mocedades dice que hace “death metal anglosajónico”. Por decir, que no quede) y Celtas Cortos, que en aquel momento eran lo más de lo más y se enfrentarían en años posteriores a un cambio de cantante y de rumbo que no le importó absolutamente a nadie. Así, entre Quierotenertupresencias y Veintedeabriles, llegó a mis manos una cinta TDK (la piratería de entonces, señora) con un nombre: “Ska-P: Legalegalización”. Efectivamente, antes los títulos de los discos nos importaban cuatro cominos. ¡Qué tiempos pasamos con “Extremoduro: Extremo y duro”, “Queen: Bimian rasodi” o “El Consorcio: Qué coñazo”!

La cosa es que, al principio, Ska-P enganchaba con la mezcla entre sonido machacón, ska cutre y letras poco trabajadas, entre “Lega Legalización”, “Sigue Sigue Siguelo” y “Por qué, por qué, pregunto por qué, mi cabeza me estalla pregunto por qué” (en su día a día, el letrista de Ska-P se debatía entre “Una barra, una barra, una barra de pan por favor”, “Son son son son cuatro con cincuenta” y “Maten maten mátenme, tengo una terrible enfermedad sin cura”). Pero lo que a muchos nos hizo abrir los ojos y abrazar la grandeza del grupo fue ver la reacción de nuestros padres al escuchar algunos de sus temas. Mi madre, más concretamente, se escandalizó al ver que en un tema decían la palabra “masturbación”. Fíjate, mi hijo de 14 años. Seguro que no tiene ni idea de lo que es eso y se está pervirtiendo. Bueno, voy a dejar aquí sus clásicos tres rollos diarios de papel higiénico para que pueda sonarse los mocos a gusto. Y, gracias al escándalo causado en el coche de nuestras familias, muchos empezamos a creer que teníamos razón en todo (de ahí el inicio del artículo), decidimos adoptar la ideología de Ska-P como propia y empezamos a tomar como nuestras causas que veinte minutos antes no nos importaban un carajo. ¡Libertad para los animales de laboratorio! ¡Revistas del corazón, malas! ¡Viva el, euh, Rayo Vallecano! ¡Lo que diga el próximo disco de Ska-P que debemos defender o defenestrar! ¡Eso! Con el tiempo, los discos fueron pasando, y, a medida que la calidad musical del grupete fue en aumento (las cosas como son), nuestro interés fue decreciendo (en parte porque entendimos que la frase “Salvo que quieras en tu cuerpo plena libertad: Masturbación, penetración, practica sexo oral” no es que fuera incendiaria: era, de hecho, el ejemplo de que la vida sexual del letrista no era todo lo variada que debería ser). Cuando, finalmente, a inicios de los años 2000 Ska-P decidió separarse, a ninguno de los que escuchábamos las cintas TDK nos importó lo más mínimo. Cinco años después, Pulpul, Pipi y el resto de componentes que, por no tener un nombre tan simplón, todo el mundo ha olvidado (¿tanto les costaba llamarse Popó, Petpet y Paspás? Sí, entonces el grupo debería renombrarse como Ska-Tubbies, ¡pero al menos serían recordados!), volvieron a la carga con un disco más o menos adulto y maduro que nos dio la esperanza de un nuevo renacer para Ska-P. Poco después, salió 99%. Y todos sus logros anteriores (desde gritos muy bien pensados y basados en la realidad como “Colón, qué hiciste, ¿por qué los descubriste?” hasta sutiles quejas como “Melchor, Gaspar, Gasta Claus y Baltasar, prestadme vuestras barbas, necesito defecar”) se esfumaron en el aire con el que, posiblemente, es el disco en español más infumable de la última década. Descubrid unas rimas que os harán añorar las peores de antaño (“Si tú bla, yo más bla, yo bla bla, tú bla bla bla”). No. No va con ironía. Bienvenidos a 99%. Preparad los tapones para los oídos, porque este va a ser un viaje muy largo.

"Quizá no quede claro el título del disco. Ponlo veinte veces en la portada"-"Solo cabe tres"-"¡Despedido!"

Si fuera un tebeo de Mortadelo, se habría titulado “Ande y que le den viento… al 99%”.

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