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Seriéfilos o cómo perder el tiempo con glamour

diciembre 3, 2009

¿No lo has notado? Las peonzas. Se han puesto de moda sin que te dieras cuenta, y ahora tienes que subirte al burro. Tus compañeros de oficina bailan cuatro a la vez, tus amigos se ríen de ti por no hacer girar esa tan popular con brillantina y colorines, y los expertos en peonzas te miran por encima del hombro y te dicen que estamos en la época de oro de las peonzas. ¿Qué demonios haces aún con tus Tamagotchis? ¡Las peonzas son el futuro! ¡Las peonzas son los nuevos Tamagotchis! Si tienen que hacer conferencias para demostrarte que, si no has visto girar una peonza roja de Swarovsky es como si no hubieras visto nada, lo harán. Y al final, también caerás. Al fin y al cabo es la moda, ¿verdad? Todo el mundo lo hace y, aunque es pesado a ratos, en el fondo es tan y tan divertido hacer girar las peonzas una y otra y otra vez… Eh, y si sigues así quizá alcances a aquel que hace girar treinta al mismo tiempo sin perder el control de ninguna. Sí, está perdiendo riego mental y personalidad y, al mismo tiempo, ganando algo de enajenación, pero ¡mira cuántas jodidas peonzas sigue a la vez! Vale. Este parece un escenario poco probable, más que nada porque las peonzas son uno de los instrumentos menos divertidos que ha inventado el ser humano junto con los yo-yós, pero es básicamente lo que está ocurriendo ahora con el mundo de las series de televisión. Todo el mundo sigue una, todo el mundo es fan, todo el mundo es un seriéfilo del copón bendito: Quien más quien menos está enganchado a House, Lost o Bones y siguiendo alguna serie que ya terminó en plan maratón sanguinario. Veinte capítulos sin descansos para mear: La prueba definitiva.

Esta obsesión por el mundo de las series ha llevado a la creación de dos tipos de estereotipos que hasta ahora no existían (gracias al cielo): Los que se las dan de seriéfilos y los obsesos, también llamados “gurús”, “tipos que dan conferencias”, “parados” o, simplemente, “enfermizos enganchados a Twitter”. Los que acaban de llegar al planeta Tierra aún creen que lo que se lleva hoy en día es ser friki. Los más retrasados creen, incluso, que lo otaku sigue de moda. Ay, amigos, lo que ha cambiado el panorama en un par de años. Los frikis han vuelto a su lugar de origen, el enclaustramiento más absoluto entre juegos de ordenador y tableros de Carcassone. Los otakus cada vez brillan más por su ausencia y apenas salen a la luz en los salones del manga. A estas alturas molestan poco. Pero todo el mundo quiere ser seriéfilo, hasta el punto de que son estos, y no los jugadores de rol o los comiqueros, los que han recuperado el peyorativo pero sorprendentemente agradable para muchos “friki”. ¿Nunca habéis dicho la frase “La tengo pendiente”, “La dejo para el parón” (atención: Decir esto es la precuela a dejarlo para siempre) o “Quiero verla pero no tengo tiempo”? ¿No tenéis un poquito de envidia de aquel que, dios sabe cómo, se ha visto todas las series del mundo y, por tanto, parece tener una opinión más válida que la tuya? Espero, por vuestro bien, que no os hayais intentado parecer a él y haber intentado, a la vez, seguir manteniendo una vida social óptima. No hay nada más triste que aquél que se las da de visionador de series compulsivo y que en realidad sigue Lost a ritmo Cuatro, House en versión original y Bob Esponja si lo pilla de casualidad. Jo, qué friki, colega.

“He leído en tu blog que te gusta limpiarte el culo con toallitas húmedas”. Ese día, Pablo Motos se libró de morir aún no se sabe por qué.

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